Es un sistema que pone límites a cada uno de sus planteamientos, por ello, es capaz de dividir el poder público (el legislativo, el ejecutivo y el judicial) y garantizar que en vez de choques, halla una cordial subsistencia entre sus divisiones. Limita a si mismo, el poder de quienes personifican estos poderes, tanto es su accionar como en su permanencia en éste, por eso es vital que se cumpla en una democracia moderna el principio de alternancia (personas o ideas), si es que el pueblo en su conjunto así lo desea.
Por eso, cuando en los últimos años vemos como líderes latinoamericanos golpean la democracia tan profundamente, a los demócratas nos duele mucho. Pero duele aún más, que muchos líderes en opinión al momento de comentar sobre estos golpes no lo hagan teniendo en cuenta que la democracia, conforme a lo que acabamos de decir, no es una ideología, es decir, no podemos hablar de una “democracia conservadora”, o de una “democracia liberal”, o de una “democracia socialista” o de una “democracia comunista” o de una “democracia neoliberal”, ¡no!, la democracia es democracia, ella, aunque fue tratada por muchos liberales clásicos no puede estar subscrita a ninguna parcialidad, ella, por lo tanto, debe ser una idea tan general y clara como la paz, el bien, el sufrimiento o el Estado; y como tal debe ser analizado.
La crisis en Honduras demuestra nuevamente esta parcialidad al momento de analizar un hecho político que involucra a la democracia. Mientras que para unos “es una nueva movida del imperialismo, que apoya a una bandada de golpistas en contra de un dirigente intachable como Zelaya”, para otros “es un merecido castigo para un hombre que quería perpetuarse en el poder y extender los tentáculos del chavismo por el continente”.
Para mí, ninguna de estas interpretaciones es capaz de describir de forma correcta lo acontecido en este país centroamericano. Según lo que he podido escuchar en los medios informativos, hace ya varios meses Zelaya estaba promoviendo un referendo para reelegirse, – victima del virus reeleccionitis que afecta a muchos mandatarios de la región – el cual no fue aceptado por la Corte Suprema de ese país que lo declaro ilegal, así que Zelaya propuso una nueva consulta a la que llamo “encuesta” en la que se le preguntaría al pueblo si quería que se convocara a una Asamblea Nacional Constituyente, y fue preciso en este intento donde, en el día de esas elecciones, hombres de las fuerzas militares lo expulsaron del país hacia Costa Rica, lo que es a leguas es un golpe de Estado.
Y tercero, la comunidad internacional hizo muy bien al no reconocer a un gobierno impuesto por la fuerza y no por la voluntad del pueblo hondureño. Sin importar los hechos que antecedieron a este golpe de Estado, Manuel Zelaya no ha terminado su periodo constitucional para el cual fue elegido por la mayoría del pueblo y por lo cual su gobierno es legitimo y no lo es el de Michelleti. En este proceso, por lo tanto, no se pueden exigir condicionamiento al regreso de Zelaya a la presidencia. Sí es el pueblo el que quiere que el no siga en el poder, será este con la bandera de su poder soberano el que en las elecciones del próximo mes de Noviembre dispondrá mediante mayorías un nuevo mandatario y no el Congreso de esa República.
Del rechazo unánime no solo a este golpe de Estado sino a cualquier abuso del poder de cualquier líder populista o caudillista, dependerá el futuro de la democracia en América Latina.










German
octubre 5, 2009
Buen post. Infortunadamente la gente confunde democracia con elecciones. No es lo mismo. En Cuba hay elecciones, lo mismo en Corea del norte.