Por Andrés Páramo
Durante los últimos cinco años, si yo no estaba tomando cerveza, haciendo teatro, escribiendo para blogs y periódicos universitarios o perdiendo el tiempo, estudiaba derecho. Lo que más recuerdo son los refranes y adagios de abogados. Por ejemplo, esta frase de un profesor: “De lo que yo estudié de derecho, la mitad se me olvidó y la otra mitad lo derogaron”.
Claro que lo derogan. Las leyes cambian porque los hechos en que se fundan cambian. Y eso, en el caso de hacerse por las vías correctas, está bien. Recuerdo asimismo una frase que un amigo mío tatuó con liquid paper sobre una Constitución, titulándola: “Ley Fundamental del Estado-Nación”.
Fundamental, porque es esencial y necesita perdurar. La Constitución, como dicen los abogados en su lenguaje cansado y aburrido, es una norma con vocación de permanencia. Se hizo para que dure.
Durante los últimos cinco años, entre otras cosas, fue presidente Álvaro Uribe. Su gobierno, su coalición y la parte de la sociedad que lo respaldaba, nunca entendieron esa perdurabilidad que debe tener la Constitución y le torcieron el cuello muchas veces (la mitad de las 29 que ha habido desde 1991), haciéndola más represiva e incoherente con su esencia.
Muchos intentos y cambios: desde el Acto Legislativo 2 del 2003, que recrudecía los procesos penales y la Corte declaró inexequible, hasta la prohibición de la dosis personal, esa sí adoptada y vuelta norma constitucional. Este éxito, por ejemplo, le costó a Uribe cinco intentos fallidos, contradecir a la Corte Constitucional en su doctrina y sumar a Colombia al club de países que usan su poder estatal para interferir en la esfera más íntima de la vida de un individuo.

No le bastó con ser presidente una vez, entonces cambió la Constitución para repetir, como los caballeros. Y como le quedó gustando, pues dale, otro hachazo a la norma para ver si lo dejaba ser presidente tres veces (parece que lo único que quería perdurable, era su propio gobierno) Uribe ha cambiado tanto la Ley Fundamental, que a la Corte le tocó sacar un manual de “Sustitución de la Constitución”, para guiarse cuando tanto acto legislativo se saca como por deporte.
Y si no modificaba la Constitución, entonces sacaba normas inconstitucionales, como la de los macroproyectos del Plan Nacional de Desarrollo, que se saltaba la autonomía de los Municipios o emitía decretos de falsas emergencias sociales.
Lo que nos dejó Uribe a nivel de derechos, fue la inestabilidad de las normas básicas y una sociedad ultraconservadora. Y lo que está a la moda: pienso que éste es un punto importante a la hora de elegir un nuevo presidente.
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Jkrincon
abril 24, 2010
Totalmente de acuerdo Andrés.
Una cosa es decir que la Constitución debe tener vida y adaptarse a los cambios -lógicos- del tiempo, pero otra muy distinta es introducir reformas a diestra y siniestra sin mayor fundamento social que el capricho de las “mayorías”.
En la Biblioteca Luis Ángel Arango hay una exposición muy buena acerca de “Las palabras que nos cambiaron” y como los significados tuvieron que cambiar para permitir un contexto revolucionista. Entre tantas maravillas me encontré con una frase que deseo compartir aquí, aprovechando la oportunidad que me da este artículo:
“¿Qué hay que temer? Los tyranos [sic], Señor, perecen, los pueblos son eternos.” Miguel Pombo, 31 de agosto de 1810