El caso Manuel Cepeda

Posted on julio 10, 2010 por

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Justicia2

Por Andrés Páramo

Colombia tiene una experiencia fantástica fracasando en el área de la justicia. Es, como todo acá, fuerte en el papel. Así como sus instituciones democráticas, que si bien son las más antiguas y duraderas del continente, son también las más vulnerables, débiles y azotadas por la corrupción.

La justicia en Colombia ha sido atacada por todos los frentes. Desde los actores ilegales del narcotráfico, que obligaban a los jueces a esconderse bajo la novelesca modalidad del “juez sin rostro”, hasta las zonas de dominio guerrillero y paramilitar donde el juez está maniatado y no puede proferir decisión alguna, ya que el Estado es otro (recomiendo, para este punto, el libro “Jueces Sin Estado” de Mauricio García Villegas, sobretodo el capítulo de relatos de los jueces), un Estado que se impone por la fuerza de las armas y la eliminación de la burocracia. Que funciona de forma eficaz, pero que corta todo camino opuesto y todo intento de retorno hacia la democracia.

Los jueces son amenazados, perseguidos y asesinados, también, por la delincuencia común. Son un blanco apetecido y fácil por este otro frente.

Sin embargo, y como siempre, Uribe cambia todo. O por lo menos deja su huella en todo aspecto que él toca en este país. Después de los ocho años que acaban en Agosto, Uribe enrostró una batalla en contra del poder judicial. Aparte de tener líos y no poder operar por culpa de los malos de la sociedad, los jueces también tuvieron problemas con los buenos.

Y es que en un país donde hay un profundísimo conflicto armado interno, alimentado con dineros interminables que da el negocio de la droga, es entendible que ciertas instituciones resulten contaminadas por él o que no puedan operar dejándose convencer por los argumentos poderosos de los fusiles. Pero que el mismísimo Presidente de la República, que representa la unidad de la Nación, Jefe de Estado y de Gobierno, salga a atacar a las Cortes y a los jueces cada vez que no le parece una decisión, es inconcebible.

Y no es que las sentencias no le parezcan en derecho. Uribe pocas veces se pronuncia con rigor acerca de los fallos o “desempolva” su Tarjeta Profesional de abogado. Sino, como nos malacostumbró, son ataques personales. Aunque esto no es nuevo, y siempre lo he sostenido aquí y en otros medios: Uribe es un símbolo en sí mismo. Esas palabras cargadas de odio contra las FARC (odio real, de venganza personal dignas de un hombre pero no de un Presidente), esos ataques constantes a la oposición, esos discursos en donde da la impresión de que todo se está logrando, pues gusta, convence y nos dan ocho años del mismo caldo.

Y claro, cada vez que a Uribe un fallo no le gusta, pues protesta. Como si fuera un colombiano sin investidura de Presidente. Si condenan a Plazas Vega, pues sale a declarar, con un grupo de militares detrás de él – al mejor estilo estético de una dictadura o una toma del poder – , diciendo que en Colombia condenan a los inocentes y dejan sueltos a los culpables. Entiéndase inocente a Plazas Vega y culpable a los guerrilleros del M-19. Y listo, asumamos que es verdad la premisa de Uribe y los uribistas: el M-19 fue culpable y es una inconsecuencia de la justicia que no se les castigue. Perdón, ¿eso borra instantáneamente la culpa de Plazas Vega? ¿En la retoma, en el bombardeo, en la desaparición de los desaparecidos? Yo la verdad no veo por dónde una culpa borra a la otra, como por arte de magia.

Así salen Uribe y su ejército de ciegos seguidores, con argumentos falaces y distractores a retorcer la verdad y voltearla a su antojo. Y con Manuel Cepeda es peor. Es una desvergüenza ya de talla internacional. Porque con la Unión Patriótica, esa combinación de políticos destacados de izquierda (como José Antequera, Bernardo Jaramillo o Jaime Pardo Leal) de cuyo rastro no quedó ni el polvo, y si quedó,  está sumergido en el mayor de los misterios, toca pedirle ayuda a un juez internacional. Porque es que el caso de la UP y sus tres mil miembros asesinados de forma extraña, no es fácil para un juez colombiano. No. Toca con ayudis. Pero a Uribe eso no le importa. Entonces él pide perdón a cuenta de nada, diciendo que no sabe qué pasó y que él no puede atribuirle el asesinato a nadie, ni nombrar culpables. Pero es que no es necesario: ya lo hizo la Corte Interamericana de Derechos Humanos; el culpable es el Estado colombiano. Punto. Debe pedir perdón, debe pagar a las víctimas y debe realizar unos actos de memoria histórica.

Y Uribe habla por radio, como si con él no fuera la cosa – me refiero, como Jefe actual del Estado culpable – y pide un perdoncito chiquito y acusa indirectamente a Manuel Cepeda. Y sus peones, obedientes perritos falderos – como los pincher – , salen con la vieja estratagema argumentativa uribista: culpar a la víctima. Entonces, para ellos, el Estado no es culpable, porque Manuel Cepeda era guerrillero.

Y siendo guerrillero, sólo suponiendo que lo hubiera sido (que yo no creo), ¿no debía ser judicializado y puesto en una cárcel? Porque ni asesinado por el Ejército Nacional, así con nombre propio, hubiera sido justo; el tipo no era combatiente militar, no estaba con uniforme y no estaba echando bala cuando lo mataron de esa manera vil y despiadada. ¿Si o no? Como dicen: al César lo que es del César.

Uribe cerró con broche de oro su gobierno anti jueces, porque ni la justicia internacional se salva de sus pequeñas batallas personales. Yo simplemente espero que esto pueda cambiar – al menos un poco, igual Colombia espera más de lo mismo –  con el gobierno entrante. Porque como dicen otros: la justicia, vital para la democracia.

La fotografía utilizada es AtribuciónNo comercialCompartir bajo la misma licencia Algunos derechos reservados por Brymo

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