Por Mockinpott
Leonor Esguerra: monja, revolucionaria, guerrillera, carcelera, altruista, maestra… mujer. Tras coleccionar una variedad de nombres a lo largo de su vida, ella es hoy vivaz, cálida y tan entusiasta como se puede ser ante la necesidad de mejorar el mundo en que vivimos. A sus más de 80 años, sus agudos comentarios ante la situación del país y del mundo son el resultado de décadas al servicio de los desfavorecidos. Su historia es tan relevante como difícil de etiquetar en pocas palabras. Es una historia que es nuestra, de las colombianas y los colombianos, y está hoy al alcance de todos en ‘La Búsqueda’, testimonio publicado por la editorial Aguilar.
Nacida en una familia pudiente de Bogotá en 1930, decide volverse monja a los 17 años. Emprende un viaje a Nueva York a formarse en el convento que fundó en Colombia a su colegio, el Marymount. Su contacto con el movimiento de los derechos civiles la iluminó tanto como su devoción religiosa. Años después, regresó a Bogotá, Barranquilla y Medellín a trabajar en el colegio que la formó. Su sueño de hacer de Colombia un lugar mejor, la impulsó a gestionar reformas en un programa educativo que reproducía sin cambios el gringo. Así, aprovechando que en el Marymount estudiaban hijas de congresistas, ministros y la más alta alcurnia del país, buscó desarrollar conciencia social mostrándoles la historia de la realidad colombiana.
Sus ganas de transformar el país no pararon ahí. Queriendo brindar una educación de igual calidad para los pobres, abrió un colegio en el barrio Galán. Éste era coordinado por las monjas del Marymount, de la mano de educadores marxistas, considerados demoniácamente peligrosos por las élites de la época.
Cuando las estudiantes del prestigioso colegio llegaron con preguntas sobre el orden social a sus casas, el asunto se puso delicado. Tras polémicas presentaciones teatrales de las alumnas, reuniones de padres de familia que acabaron en griterías, gente sobre las mesas, y acusaciones de infiltración comunista a la institución, se cierra el Marymount de Bogotá en 1969.
Decepcionada al ver la falta de voluntad de las clases altas por forjar una sociedad más justa, Leonor cedió a la idea que ya habían adoptado muchos compatriotas de la época: la única manera de alcanzar la justicia es la lucha armada. Se entrega a la revolución como secuela de la misma convicción que la llevó a ser monja: su compromiso con un pueblo sumido en la miseria y la desigualdad.
Tras servir por décadas al ELN, sale del país para colaborar con el establecimiento de la revolución Sandinista en Nicaragua. Allí, como carcelera de las oficiales del régimen derrocado, buscó aplicar sus principios pedagógicos y respetar la dignidad de sus retenidas. Un tiempo después, fue a México como contacto internacional del movimiento revolucionario colombiano, pero no tardó en notar cierta irresponsabilidad política del movimiento y se sintió lejana del pueblo que decía representar. Reconoció, además, que ninguna de las revoluciones de las que hizo parte tenía en cuenta a la mujer. Ni siquiera los Sandinistas, estandartes del logro revolucionario en los ochentas, lograban menguar el machismo que compartían con los hermanos latinoamericanos.
Entonces volvió al país con la firme intención de ser una mujer colombiana a plenitud, de reconectarse con su pueblo y consigo misma. Ahora trabaja por los derechos de las mujeres sin detener en lo más mínimo su búsqueda, su lucha. Una mujer burguesa con un flamante deseo de justicia que ardió en tantas direcciones como pudo, intentando cada posible solución, cada camino.
Hoy, reconoce que el conflicto se ha degradado. Tanto las guerrillas, como el ejército, como la sociedad, se han corroído en una espiral de violencia sin orientación ni juicio. Para ella, la única salida es un diálogo sensato entre las partes enfrentadas. Entre tanto caos, necesitamos escucharnos con sinceridad. Sólo así se podrá construir un país mejor; un país que respete diferencias sin matarlas.
Leonor es testigo y protagonista de capítulos centrales y usualmente silenciados en la historia de nuestro país: las utopías frustradas, los deseos revolucionarios, la teología de la liberación y el feminismo. Su testimonio retumba en soñadores y soñadoras de aquella generación que recuerdan cada esfuerzo por educar, por cambiar, por mejorar. También es una historia para los jóvenes que aún soñamos: para saber lo que se intentó, lo que no se nombra en la Historia que nos enseñan.
Si la historia de una mujer de élite que oró, militó y trabajó por una causa tanto como pudo, que reevaluó su propio proceder hasta hacer giros acrobáticos en su accionar durante más de medio siglo, no resulta relevante en la historia de nuestro país, no sé qué más podría serlo. Esta publicación es más que un testimonio: es “La Búsqueda” de una nación; de nuestra nación.





Alicia Ortega
marzo 24, 2012
Reseña invitadora a repensar o mejor a actuar en el refuerzo de muchos intentos de mujeres colombianas por transformar el país mediante acciones pacíficas de cambio con actitudes humanitarias y con la espectativa de ir poco a poco construyendo relaciones sustentadas en el respeto, la aceptación y el cambio no desde la guerra sino desde la compasión y el diálogo entendidos como la solidaridad con los mas desfavorecidos.
El compromiso con los demás no para demostarr actos de caridad sino para buscar conjuntamente caminos de dignidad, equidad y sobretodo de posibilidades de vidas más amables y más humanas en todo el sentido de la palabra. Este artículo, para mí como participante y alumna de el colegio de entonces, es una invitación a todas las colombianas a asumir nuestra responsabilidad en el cambio desde la perspectiva femenina, con confianza, altruismo, respeto y relaciones sustentadas en la voluntad de ser y de actuar decididamente en la contrucción de posibilidades que nos permitan cada día ser mejores personas con nosotras mismas y con los demás. Gracias por tan bella reseña de un testimonio tan limpio y tan claro y a Leonor gracias por abrir estos espacios de diálogo y por permitir que los jóvenes, nuestros hijos e hijas, tengan otra lectura de lo que hoy es el país y otra alternativa de esperanza que nos permita cambiarlo. Alicia Ortega.